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El padre de mi amigo

Tengo muy buenos recuerdos de mi preadolescencia. Esos años en los que ya no eres un niño y todavía no has explotado hormonalmente. Muchos de ellos relacionados con el fútbol.


Recuerdo que empecé a quedar con mi amigo Roberto para ver la Champions League. Yo no tenía por aquel entonces Canal Plus y a veces me invitaba a cenar a su casa (todavía siento la masa de las pizzas de carne picada y queso que me ofrecía su madre) y ver el partido que tocara esa noche. Vivir a una calle de distancia, supongo, facilitaba todo para que nuestras madres y padres aceptaran que un preadolescente estuviera en la calle, entre semana, en horas en las que la mente debería estar pensando ya en dormir.


Por aquel entonces, empezaba a coquetear con el fútbol internacional. El interés por las ligas extranjeras (especialmente la Premier League, como ahora) nacía y recuerdo que en mi grupo de amigos era algo común. Hablábamos de partidos, jugadores y luego muchos de esos conocimientos salían en charlas mientras hacíamos torneos (con dinero en juego) del Pro Evolution Soccer.


Recuerdo una noche especialmente. El FC Barcelona visitaba Stamford Bridge para enfrentarse al Chelsea. Un equipo, el catalán, en el que estaban jugadores recordados como Ronaldinho, Deco, Eto'o, Xavi, Puyol, Víctor Valdés o un jovencísimo Leo Messi. Aquella noche, durante el partido, el padre de mi amigo Rober dijo una frase al aire que a mí me quedó marcada. Rober se volvía loco (yo no, porque estaba en casa ajena y tendía a guardar las formas) con las decisiones arbitrales y con las llegadas del Barça.


El padre de mi amigo dijo algo así como que él antes era así, también se volvía loco, se dejaba llevar por las emociones. Pero entonces, ya no. Ya no. Ahora disfrutaba mucho más, tranquilamente, en el sillón de su comedor, de forma incluso más objetiva. Aquella frase no me marcó por lo que dijo, sino porque durante muchos años tenía en esa frase un escenario en el que me gustaría verme inmerso de forma real y directa.


Y en esas estoy. En los dos últimos años, me siento cada vez más el padre de mi amigo Roberto. Me enciendo a veces (tengo puntos que me hacen saltar), pero consumo y disfruto el fútbol de forma más calmada, más analítica incluso, con otro tipo de contenidos más allá de los partidos. A veces me veo viendo un resumen de un Hearts-St. Johnstone, un domingo por la mañana. A veces, algunos de esos resúmenes underground acaban sin goles, 0-0, pero no me molesta.


No me molesta porque estoy siendo el padre de mi amigo Rober. Por fin.

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