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Cómo ha cambiado todo

6 sept 2022
3 min de lectura

Starbucks es un lugar especial para mí. Sí, sé que es una cafetería que pertenece a una multinacional. Sí, sé que debería ir a cafeterías de barrio. Sí, sé que debería apoyar más al comercio local. Y sí, sé que quizás ahí no encontraré el mejor café del mundo. Pero, insisto, es un lugar especial para mí.


Hace unos años me tocó vivir una etapa personal muy complicada. En casa las cosas no estaban bien por temas de salud y el día a día era de todo menos tranquilo y apetecible. En aquellos meses, incluso años, Starbucks se convirtió en uno de mis rincones a los que acudía.


Toda la semana me la pasaba pensando en el viernes, cuando cogía el metro y viajaba hasta el centro de València para ir a un local de Starbucks que ya se había convertido en mi cafetería de cabecera. Tenía ya confianza con los trabajadores, con la encargada (creo que fui de las primeras personas que probó el matcha en aquel comercio) y todo aquello me ayudaba en cierta medida para sentirme cómodo allí.


Entonces, partiendo de eso, sigo pensando que es uno de mis lugares para escaparme cuando tengo un hueco. Voy mucho menos de lo que podría, pero cada vez que voy sé que voy a un sitio que me gusta. Su iluminación, su decoración, sus productos. Me gusta ir, pese a que parece que echan oro y diamantes al café, por eso de los precios y tal. Aunque, al mismo tiempo, también pienso que hay muchas cafeterías "modernas" que tampoco es que se corten mucho a la hora de cobrarte porque el café viene de no sé donde.


Sin embargo, pese a que insisto que me gusta ir, reconozco que desde hace unos años he visto la transformación que sufrido la empresa. Allá por 2010, cuando empecé a ir al local de la calle San Vicente Mártir, era un lugar relativamente tranquilo, al que ibas para sentirte cómodo, en el que podías llevarte el ordenador (facilitaban mucho eso) y dedicar varias horas a lo que te viniera en gana.


Ahora es raro. Lo noto sobre todo en la música de ambiente. Antes era jazz, soul. Sonaban trompetas calmadas, piano, bossa novas. Ahora suena reggeaton, música electrónica y la gente se ve obligada (quiero pensar eso) a subir el volumen. Ahora Starbucks tiene otro ambiente. Al menos en Madrid. Es de todo menos tranquilo. Me descoloca, porque antes uno de sus puntos a favor era el ambiente.


Recuerdo aquella época en la que ir a Starbucks era de gente guay. No digo que ahora no, pero por aquellos tiempos la marca Starbucks (confieso que su logo me gusta mucho) era lo más Instagrameable del mundo. Buscabas #Starbucks en Instagram y en tiempo real había gente de todo el mundo compartiendo que estaba allí. Recuerdo la primera vez que fui. Fui con mi hermana y cuando nos sentamos lo primero que hicimos fue hacer una foto. Por cierto, las tazas de antes eran más molonas. No digo que las de ahora no, pero aquel logo verde en las tazas era otro rollo.


Lo dicho. Sigo yendo a Starbucks porque me marcó, porque me sirvió de punto de escape y porque me sigue gustando el ambiente estético de sus comercios, pero el ambiente ha cambiado mucho y hay ciertas horas (recomiendo la mañana) en las que es mejor pedírselo para llevar (si es que realmente vas por el café) y no quedarte allí.

 
 
 

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