Un placer (casi) gratuito

Confieso uno de mis momentos favoritos de la semana. La mañana del domingo y la mañana del lunes. Ambas. Y ambas con el mismo origen. Soy consumidor de podcasts diariamente. Por comodidad a la hora de elegir y por los diferentes horarios de trabajo que suelo tener, me maravilla. Me encantan las mañanas del domingo y de los lunes, insisto, porque es cuando más audios encuentro frescos, recién estrenados. Y es, entonces, cuando miro, selecciono, y soy consciente de si tengo cosas interesantes, o muy interesantes, para escuchar esos siguientes días. Paso muchas horas (tele)trabajando y la íntima compañía de la radio o, en su defecto, podcasts es una delicia. Entremezclo episodios largos (algunos incluso superan las 2 horas) con algunos muy cortos (incluso de menos de 5 minutos). Es la sensación de control, de elegir. "Esto sí", "Esto no", "Esto sí, pero para más adelante". Incluso sé que tengo descargados algunos episodios que son especialmente para paseos, para viajes en tren. Pero, para que no se me pierdan, ahí quedan.


Me encantan los podcasts. Antes no eran tan admirador, pero este 2020 tan raro ha sido definitivo. Antes, en la redacción no escuchaba podcasts porque me gustaba estar "atento" por si alguien me hablaba necesitando o precisando algo. El noventa por ciento de las veces no ocurría. No ocurría nada. Ni me hablaban, ni me precisaban, ni escuchaba nada. Sólo lo limitaba en los trayectos en ese laberinto subterráneo llamado metro. Ahora, vía libre. Y me encanta.

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