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Qué imagen tan terrible

Me encontraba en mi cafetería de cabecera, la que más tengo a mano, cuando me encontré con una imagen tan preocupante como terrible.


Es vox populi el debate sobre cómo hay que entretener a las niñas y niños hoy en día. La solución rápida de darles un teléfono móvil, con algún juego o vídeo, es uno de los temas más comentados por la ética y valores que se traducen.


Y eso fue lo que ocurrió. Llegaron un padre con su hijo (o eso creo, por lo que vi) y lo primero que hicieron, tras sentarse, fue ponerse cada uno con un teléfono. El niño, con un videojuego. El padre, deslizando el dedo de arriba para abajo automáticamente, demostrando que retenía poco o nada.


El primer impacto fue repelente. "Qué mal", pensé, pero se quedaría corto con lo que ocurrió durante los minutos de después. No sé el tiempo exacto, pero calculo que serían entre 25 y 30 minutos. Cada uno a lo suyo, distraídos en sus respectivos mundos, sin hacerse caso el uno al otro. Y me llamó la atención el padre. Ni miraba al niño, concentrado (o desconectando) en ese teléfono móvil en el que estaba viendo cosas que, seguramente, ahora, borró de su mente instantes después de verlos.

La primera imagen me llamó la atención, pero me impactó cómo fue la tónica y el plan. Supongo, antes, el hombre le diría algo así como "Vamos a merendar". Y sí, merendaron, pero cada uno en su mundo, sin disfrutar el momento. Y me da más pena el adulto que el niño. El niño es un niño. El adulto quizás haya perdido un momento que creara recuerdos.


Qué imagen tan terrible.

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