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Los ritmos

Hace años, viví en Madrid. Allí empecé a coger la rutina de hacer deporte a diario. Mejor o peor, con mayor o menor intensidad, pero he intentado hacer deporte muchos días. No todos, lo confieso. Un dolor de piernas demasiado alto, una cita en el calendario, o por puro descanso. Ha habido días que uno no puede cumplir.


Digo todo esto porque, allí, en Madrid, empecé a darme cuenta de algo que he ido confirmando en otros sitios, como Vitoria-Gasteiz o València.


Existen mundos diferentes. Algo así. Un mismo escenario, una misma rutina, adquiere cambios impuestos que se traducen en cierta lástima por ver cómo gran parte de la sociedad, como un rebaño, genera los mismos movimientos, los mismos hábitos.


Es muy sencillo. Una misma calle, avenida o lugar, es totalmente diferente un lunes, miércoles o viernes a las 8:00 de la mañana que un sábado o un domingo. Genera algo similar al desconcierto.


Los ritmos de la vida que nos imponen lo que debemos hacer. Yo salgo a diario, tengo mi rutina, no escapo de ella, pero a mi alrededor tengo escenarios diferentes y analizo los movimientos de las ciudades. Un sábado, en Madrid, me di cuenta que los fines de semana el 90% de los vehículos eran de transporte público. Pocos coches particulares. ¿Un lunes? El caos, agobio, ruido, caras largas.


Uno sale a hacer deporte a inicios de semana, por la mañana pronto, y te ves inmerso en una corriente de tráfico que llega a ser agobiante. ¿Dónde va toda esa gente? Evidentemente, a trabajar. Todas, todos, tomando los mismos caminos, parando en los mismos semáforos, escuchando incluso la misma música o la misma emisora de radio.


Pero, claro, en tu ruina diaria de deporte, llega el fin de semana. Y esos mismos escenarios, están desolados, solitarios. ¿Dónde están todos esos coches? ¿Dónde está ese ritmo frenético contra natura a esas horas? El rebaño, descansa.


Y, ojo, no es una crítica. La gente trabaja por necesidad, por obligación. No se juzga. Simplemente, se subraya cómo la rutina convierte a muchas personas en los mismos perfiles. La rutina, sus ritmos, provocan una coreografía que, terriblemente, reflejan como funcionamos como sociedad. Nos creemos originales, con personalidad, cuando en el fondo somos demasiado similares.



 
 
 

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