Ya lo pensaba en 2013

Estoy metido en redes sociales desde 2009. Creo que el concepto de compartir en Internet ya me venía de antes, cuando era usuario activo en aquello que románticamente recuerdo como blogosfera. Tenía un blog más sencillo, visualmente más analógico, pero con una dimensión enorme, con una comunidad que hoy en día es casi un terreno utópico. Eran otros tiempos, y a veces los añoro en cierto sentido.


Como digo, en 2009 inicié mi marca personal (por aquel entonces no se llamaba así. No se llamaba, en general, de ninguna forma) y mi actividad digital quizás arrancara por 2006 ó 2007. Más o menos.


Digo esto porque creo que tengo el suficiente recorrido como para saber de qué hablo y, sobre todo, desde mi experiencia, desde todos los años trabajados en redes sociales, que lo que hoy en día se da por hecho y de lo que todo el mundo habla, es algo que ya se preveía desde mucho antes.


Ahora todo el mundo tiene asumido (o al menos lo sabe, o ha consumido algo que habla sobre ello) que las redes sociales no son beneficiosas. Tampoco negativas, pero sí es cierto que tienen muchos aspectos para coger con pinzas que huyen de lo estrictamente ético o positivo para las personas.


Odio, rabia, comentarios tóxicos, personas que supuestamente (o eso quieren hacernos creer) activan sus personajes para desconectar de sus vidas, trolls, bots, haters... Os suena, ¿verdad? Pues eso no es nuevo. Quizás su nivel, su volumen, su desmesurada presencia, sí. Esto ha existido siempre. Pero ahora que todo se ha normalizado, que está asumido lo de tener redes sociales, lo de tener (supuestamente) derecho a expresarte y (esto todavía sigo sin aceptarlo) hacerte llegar su opinión.


Expongo todo esto, lo anterior, porque me he encontrado por casualidad una serie de mensajes directos que compartía en Twitter con una usuaria de confianza por aquel entonces (ahora no sé nada de ella, increíble) hablando sobre cómo la gente perdía el respeto, las formas y la educación cuando entraba en esta red social. Eso en 2013, hace casi diez años, cuando comparándolo el volumen de usuarios era infinitamente inferior y cuando comparándolo a la actualidad incluso me atrevo a decir que Twitter era un lugar agradable y ameno. Imaginad cómo está el panorama ahora.


Como digo, confesaba a esta usuaria mis ganas de abandonar las redes sociales. Quiero dejar muy claro que ser alguien activo en redes ahora no es lo mismo que por aquel entonces. Si antes comentabas mucho, si compartías muchos contenidos, si pasabas tiempo en redes sociales, eras un antisocial, un 'atrapado', que no tenías amigos, que tu vida era una mierda y todo tipo de comentarios. Recuerdo que mucha gente me decía "Sal de casa" casi todos los días en plan "Deja esto que das pena". Era así. De hecho, ahora lo recuerdo como una anécdota y casi me da ternura, pero en su momento no era agradable porque quizás Twitter actuaba de escondite y refugio ante una situación personal dura que me tocó vivir.


Ahora es al revés. Todo el mundo está en las redes sociales. De hecho, si no estás en las redes, no eres nadie. Y lo peor. Lo que nos quieren hacer ver y creer. Si no estás en redes sociales no te enteras de nada. Puedo comprar el mensaje en parte, pero ni mucho menos al cien por cien.


Ya en 2013 hablaba de la toxicidad de la red social, ya percibía que las aguas empezaban a ser turbias y ya sentía que una parte de mí me pedía dejarlo. No lo hice, ni creo que lo haga, pero es cierto que ese sentimiento de pereza ante según qué tipo de usuarios, mensajes, corrientes o comentarios sigue latiendo. Por suerte, ya no me afecta ni un 10% de lo que me afectaba por aquel entonces. Ya no en términos personales, sino profesionales. Quizás gracias a aquellos primeros pasos en un Twitter casi desértico (tenía como 2.000-3000 seguidores) he conseguido controlar impulsos, saber qué decir, qué guardarme, cómo gestionar las situaciones y cómo controlar todo para no hacer de una pequeña llama un gran incendio.


Me llamó la atención y por ello me apetecía dejarme caer por aquí para contarlo. Hace casi diez años ya había esa toxicidad. Ahora magnificada de una forma casi obscena, pero ya por aquel entonces confesaba en esa conversación que tenía ganas de dejar mi marca, o de modificar rutinas, porque el aroma a podrido empezaba a saludar a los presentes.


Sin embargo, como he pensado y concluido tantas veces, sigo adelante porque, aunque haya toxicidad, no deja de ser una bonita forma de comunicar y exponer tu trabajo.

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