Una portería solitaria

Nunca he estado en Manchester. Quiero, mucho, pero no. Nunca he estado allí por el condado del Gran Manchester. Tengo muchos motivos para querer ir. Evidentemente, uno de ellos por el fútbol. Una ciudad que respira fútbol, que siente esa pasión universal, con dos de los grandes equipos de Inglaterra y dos de las potencias futbolísticas más reconocidas a nivel continental.

Sin embargo, quiero ir por más motivos. Su música, su cultura, incluso su nivel menor de foco respecto a la gran metrópoli de Londres. Amigos, gente de confianza me ha asegurado que Londres es Londres, pero Manchester tiene poco que envidiar en muchos aspectos. Quiero creerles.

Pero mantendré ese amor innato por los atardeceres, por los rincones concretos, aislados, por esas fantásticas instantáneas que suele dejarnos, también, el Otoño. Estamos en época otoñal, lo sabemos, pero últimamente, gracias a un nuevo follow sorprendente que hice hace unas semanas (@andrespitarch), estoy viendo imágenes otoñales preciosas, mágicas, que crean dentro de mí unas ganas inmensas de acudir allí. Pero os contaré la historia que percibo, desde la lejanía, desde mi rincón en Madrid.

Zona verde ubicada en la ciudad de Manchester, Inglaterra (Foto de @andrespitarch)

Una imagen preciosa, que existe. Sí, miren ese rincón concreto. Ese rincón existe. Existe un barrio que está bañado por el otoño, allí arriba, en las islas, separadas del viejo continente, en Manchester, donde una portería oxidada, estaba esperando a los niños para ser útil y no un simple elemento del atrezzo urbano.

El atardecer con su romántica luz, las casas clásicas del estilo británico, las hojas siguiendo el curso del Otoño. Todo generando la obra perfecta, con la ventaja de que es real, que no hay que acudir a una exposición en un barrio hipster, que no hay que ver una película para deleitarse. Sí, está lejos, pero existe, con su sencillez, con su mágica realidad.

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