Se ha cerrado el círculo


Más de una vez he hablado de que viví una etapa personal complicada por una serie de problemas familiares que marcaron mi vida. Para bien o para mal, es lo que ocurrió. Lejos de martirizarme (pese a que evidentemente me afectó mucho) intento verlo como una etapa de la que aprendí, que me forjó, que me obligó a vivir escenarios y situaciones mucho antes de lo esperado, y que debo seguir asumiendo cosas cada vez que alguien me plantea preguntas sobre aquello.


Fue una experiencia personal complicada, pero también tuvo momentos importantes. Quizás porque actuaban de escondite, de esquina donde aislarme, y quiero contaros algo de lo que me di cuenta este verano. Ocurrió hace unos meses, pero quería expresarlo hoy.


He viajado a Galicia y mi amada València. Todo ello alternando pausas en mi céntrico piso de Madrid. Ha sido un año de viajes en tren (creo que nunca había viajado tanto en tren en tan poco periodo de tiempo) y, evidentemente, volver a casa después de un año era una de las tareas prioritarias, vitales y necesarias.


Estuve en València cuatro días. Esta vez me instalé en un hotel, y no en casa, ya que quería un poco más de tranquilidad. Toda la vida he vivido en un pueblo e ir a València suponía viajes en metro y, a la larga, era pérdida de tiempo en los trayectos. Por ello, esta vez decidí alojarme en un hotel y organizarme bien para guardar un momento para ver a mi familia.


Cuento esto porque este viaje tuvo algo diferente y especial. No iba a casa, sino a la capital. No iba a tener que estar pendiente de horarios de metro, taxis,etc y disfrutaría mucho más la estancia.


Llegamos sobre las 13:30 a Joaquín Sorolla y me fui directo a Mestalla porque tenía una reunión de trabajo. Era un poco locura, pero era la única 'obligación' del viaje y haciéndolo así podía dedicar el resto del viaje a desconectar y recargar pilas.


Al día siguiente hicimos nuestra ya rutinaria visita al centro. La Plaça de l'Ajuntament, la Plaça de la Reina, el Carme, el Mercat Central... Y entonces ocurrió.


Ocurrió que me di cuenta que mi Starbucks de cabecera estaba cerrado. Y no cerrado por fuera de horario comercial, sino cerrado de forma definitiva. Ningún drama en aquel momento. Sentí un pequeño cosquilleo y pensé un "Qué pena" internamente porque pasé grandes tardes en aquel sitio. Cuando todo era tormenta, cuando la situación personal y familiar apretaba, era allí donde me escondía, donde me refugiaba, donde huía en cierta medida. Allí empecé mi primer libro (ese que todavía sigue en borrador) y donde me sentía liberado.


Pero ocurrió otra cosa. Me di cuenta de algo. Se había cerrado el círculo.


Mucho antes, hace años, cerró un romántico quiosco que estaba justo al lado. Era mi rutina. Iba al quiosco, mantenía conversaciones de fútbol y revistas con aquel adorable señor, salía, entraba en mi Starbucks de cabecera, pedía un café latte y desconectaba. Aquel cierre ya me dolió. Ya no vivía en València, pero cuando volví de viaje y pasé por su puerta expresamente para echar un vistazo y saludar, ver que estaba cerrado me dejó descolocado.


Y ahora se cerraba el círculo. El quiosco y la cafetería que marcaron mi vida en un momento tan delicado, que se convirtieron sin que ellos lo supieran en un refugio, ya no estaban. Ya no existían. Ni uno (por ser un humilde negocio familiar) ni el otro (pese a pertenecer a una multinacional). Ambos habían dicho "Adiós" y nadie me había avisado, pero me di cuenta que a nivel personal servía para cerrar aquella etapa. Una etapa que recuerdo con cariño, pese a todo, y que al ver ahora ambos comercios cerrados fue un modo testimonial y con perspectiva de ver que aquella etapa está superada. Ya no existen, ya no están.


Ahora hay alternativas (aunque reconozco que deberé buscar bien para que sean fieles al romanticismo), pero no será lo mismo. Tocará callejear y organizar trayectos para futuros paseos porque València es mi casa y más tarde o más temprano supongo que acabaré volviendo.


De momento, sigo en Madrid, añorando aquellos momentos, aquellos recuerdos. Ahora son eso, pensamientos, frames que han quedado imborrables, ya que uno pasa por la acera de enfrente y ya no es la misma panorámica.

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