Respeto, que no miedo

Es madrugada. La madrugada del sábado al domingo, más concretamente. Estoy a oscuras, como suele ser habitual a estas horas en mi día a día. Suena la radio, suena «La Rosa de los Vientos» y tratan el tema del canibalismo, fruto del reciente caso de una pareja rusa que comía carne humana y, además, comercializaba con ella. Después de un día de trabajo, de seguir de cerca además la gran jornada liguera en Inglaterra (más resúmenes de otras ligas europeas), desconecto escribiendo.

Escribo para desahogarme, más bien. Hoy he escrito otros posts contando historias de fotografías del fútbol inglés por gusto, porque me encanta ese momento de búsqueda de historias para posteriormente plasmarlas en letras. Pero ahora escribo por necesidad.

Oficialmente es domingo. Un domingo histórico, por cierto, pero esos son otros temas que no deseo comentar. Al menos por ahora. Es por ello que, oficialmente, mañana me marcho. Mañana me mudo a mi nueva vida en Madrid. Supongo que volveré dentro de un tiempo, pero no a corto plazo. Es mi cuarta mudanza con origen en Valencia y la tercera con destino Madrid. No es novedad, no es nada nuevo, pero vuelvo a tener ese gusanillo, ese respeto, del que inicia una etapa con muchos cambios, con nuevo entorno (pese a que vaya a vivir en una zona conocida), con nuevo compañero de piso, con nueva zona de trabajo, con una rutina que me hará tener paseos (por quitarle importancia y negatividad) por el metro de Madrid.

Era por la tarde. Tras ver el Chelsea-Manchester City, usé el intervalo que me dejaba el inicio y el descanso del Leganés-Atlético (cosas del trabajo) para ver resúmenes. Pero fue ahí, justo ahí, cuando dejaba el escritorio para estirar las piernas hasta la hora de cenar en la cama, cuando me he dado cuenta que ya está, que está ahí, que me voy otra vez, que de nuevo dejo el calor doméstico, la zona de confort.

No tengo miedo. Tengo ilusión. Quiero irme. Quiero el cambio. Lo quiero. No le temo. Pero me da respeto, como la primera vez, como ese vértigo que siempre siento al comprar un solitario billete de ida, sin su pareja de vuelta. Es ahí cuando te das cuenta que no vuelves a corto plazo, que inicias una etapa importante, que vuelves a marcharte para dejar aparcada tu vida, el lugar donde has crecido, donde está tu gente, donde duermes con la tranquilidad del que se siente arropado, y no tan solo. No tengo miedo, reitero, pero joder, da respeto.

Supongo, es normal, pero por mucho que quiera aconsejarme a mí mismo que no pasa nada, que está todo controlado, que va a salir todo genial, que quiero hacerlo, que van a salir cosas interesantes, que voy a vivir experiencias brutales, da respeto. Otra vez ante la gran ciudad, ante una nueva calle que será tu calle, un nuevo entorno. Un nuevo lugar que será tu casa, que acabarás adaptándote, pero que nunca llegará a ser tu hogar. Ese respeto del querer y no poder al tener que esperar ese momento en el que llegues.

Vértigo, respeto, un poco de incertidumbre, un gusanillo diferente ante los cambios que ya están ahí, que han aparcado en doble fila y que están esperando. Va a ser una etapa interesante. Lo sé. Pero no puedo evitar tenerle respeto, que no miedo.

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