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No lo vi venir... y ha pasado

Hoy vengo a narrar una breve historia de impulsos, escenarios inesperados y la verdadera razón por la que deberíamos dejarnos llevar mucho más.


Recientemente, adquirí una Canon AV1 analógica. Un viejo deseo. Quizás desde hace un año y medio más o menos. Aproveché una visita exprés a Madrid para hacer muchas cosas (algún día os contaré todo lo que ha ocurrido en poco más de un mes), pero de repente me llegó un flash que desencadenó la compra.


Me encontraba cargando mi móvil en el Starbucks de la calle Preciados y, por hacer tiempo, tomando un café. Cuestión de prioridades. En un instante me di cuenta de que estaba muy cerca de Miyagi Studio, una tienda de fotografía que descubrí hace unos meses y que está cerca de la plaza de Callao. Como, además de no estar lejos, tenía que cubrir como una hora hasta una cita que tenía a la hora de comer, me acerqué.


Me acerqué sabiendo qué iba a pasar. Sabía que iba a comprar una nueva cámara y sabía qué modelo quería. Al llegar, y verla allí, en aquel instante repleto de cámaras analógicas, supe que el vendedor tenía poco que convencerme. De hecho, las preguntas que hice fueron haciéndole saber que se venía a casa conmigo.


Cuento todo esto porque en ningún momento viajé pensando en que iba a ocurrir. Ni siquiera visitar la tienda. Sin embargo, ocurrió. Pasó y ya. Pero, en relación con la espontaneidad del momento, debo confesar que ya he hecho la primera fotografía con esta nueva cámara. Tenía un carrete Ilford en blanco negro sin usar y sabía, desde el primer momento que tuve la cámara en las manos, que iba a usarlo.


La sensación en casa ya era especial. En este rincón temporal desde que el escribo estas líneas, con mucha luz en el espacio, pero atenuada, viendo un vídeo de un creador de contenido que había ido a una zona rural de Estados Unidos muy cosy. Pero ocurrió otro momento improvisado.


Jugueteando y trasteando hice, totalmente sin querer, mi primera fotografía con la Canon AV1. Cuando la digitalice en un estudio de fotografía que quiero descubrir e investigar, me encontraré un frame de esta habitación. Resulta, supongo, que trasteando estos días, tras poner el carrete, dejé cargada la cámara para lanzar la captura.


Seguramente, en cualquier posible escenario en el que me he planteado estos últimos días en qué podría gastar esa primera foto, en ninguno de ellos, seguro, sería captar la habitación. Pero ha pasado así. Llegarán mejores fotos (seguro), mejor enfocadas, con mejor encuadre, con protagonistas (personas u objetos) mucho más interesantes... pero nunca más será la primera fotografía.


Quería escribir estas líneas porque las dos situaciones narradas (la compra y la primera fotografía) han sido totalmente improvisadas, totalmente inesperadas, sin pensarlas, casi de la nada, siendo invitado yo por los momentos y no al revés. Por ello, deberíamos pensar menos. Digo deberíamos, porque la narrativa puede ser romántica, visiblemente llamativa y atractiva, pero luego seguiremos siendo sometidos a nuestra mente.

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