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No era mi olor

Vivo en Vitoria-Gasteiz desde hace casi tres meses. Una experiencia que tuve que aceptar casi por decreto. Imagina haberla rechazado. Vértigo.


Vivo en Vitoria-Gasteiz desde hace relativamente pronto. Todavía sigo descubriendo rincones, pero es cierto que ya tengo mis safe places. Ya tengo mi cafetería de cabecera. Ya tengo mi peluquería de confianza. Mi supermercado. Mi plaza. Mi sitio donde hacerme las uñas. Mi lugar cultural.


Hoy vengo a hablar de mi cafetería de cabecera y de algo que me ocurrió hace unos días. Estaba tomando mi refresco con un pincho de tortilla (en Euskadi viven con siglos de ventaja), organizándome el día siguiente en mis libretas, leyendo, cuando de repente ocurrió.


Ocurrió que me vino un aroma, un olor. Un olor de perfume. Un olor de perfume agradable, mezclando dulce con elegante. Un dule que no era empalagoso. Pronto lo localicé en un grupo de señoras que ya había visto alguna vez (me hace mucha gracia que se digan "¿Qué tal, chicas?" cuando llevan alguna década ya jubiladas) y me hizo sentir súper bien.


No siempre los olores ajenos son agradables. Un enorme porcentaje de ellos, seamos honestos, nos rechazan. Pero esa tarde pensé "Qué bien huele, qué agradable". Y me alegró.

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