Me enamoré de su portada

No suele ocurrirme, pero pasó.


Corría el año 2016. Vivía en Barcelona, en uno de sus barrios céntricos más bohemios y bonitos. Una etapa que recuerdo súper especial, latente, con mucha vida, aunque todo acabara mal y de vuelta a casa. Algún día contaré qué pasó.


En una de esas tardes en las que me animaba a dejarme llevar por su calles llegué hasta La Central del Raval. Me costó un poco encontrarla, pero finalmente llegué a una librería que me maravilló. Sólo fui una vez y juro que en el próximo viaje que haga a la siempre mágica ciudad condal volveré a dejarme caer por sus estanterías.


De hecho, tengo en mente hacer un viaje exclusivamente para ir a comprar libros y revistas. Un plan tan loco como excitante. Quizás una escapada express sabiendo dónde ir, qué hacer. Todo muy organizado.


Como digo, no suele ocurrirme este tipo de cosas. No porque no las piense o las viva, sino porque sé controlar mis impulsos y la gran mayoría de veces cojo al toro por los cuernos. O como se diga.


Muchas veces me veo tentado de comprar libros. Muchísimas veces. Casi todas las semanas. Algunos por sus temáticas, otros por sus autores, incluso por sus formatos. Pero una de mis grandes tentaciones son las portadas. ¿Se puede enamorar uno de un libro por una portada? Y peor, ¿se puede comprar un libro simplemente por su portada?


Sí. Me ocurrió en Barcelona, en 2016.

Recientemente viajé a València y me reencontré con este libro. Un libro que, siguiendo el hilo de las líneas anteriores, lo compré porque su portada me fascinó. Me pareció súper bonita. Me atrapó. No exagero. Incluso hoy en día lo tengo en las manos y me sigue fascinando.


Evidentemente, la temática también me pareció interesante. No lo voy a negar. Pero juro que fue lo segundo o tercero que me interesó del libro.


¿Has comprado alguna vez un libro sólo por su portada?

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