London Calling

Londres es una ciudad importante para mí. Puramente por temas personales. En un delicado momento de mi vida pensar en ello, en una hipotética vida allí, en esa romántica posibilidad en el que algún día diera el salto, me atreviera, para vivir en la capital inglesa.


Mi romanticismo nacía desde la distancia, desde el amor por lo que llegaba, por lo que encontraba. Era consciente de que una cosa era pensar en eso, en esa mágica idea, pero otra muy diferente vivir de forma continua, con su cansancio laboral, con el peso de sentirse fuera.


Pero Londres me atrapó, me enamoró, me hechizó. Y lo sigue haciendo. Es cierto que de forma diferente. El Brexit echó agua sobre las llamas de mi deseo. Fue duro hacerse a la idea que, por ahora (estoy convencido de que Reino Unido volverá a la Unión Europea porque les conviene a todas las partes), no podría marcharme a vivir la experiencia.


Sí de visita, sí de pasada, sí para satisfacer la sensación de respirar aire londinense, ver señales londinenses, visitar museos londinenses, tomar cafés londinenses, sentir el clima londinense. Sentir el cosquilleo especial desde el aire, mirando por la ventanilla del avión, cuando de repente empiezas a ver las primeras tierras británicas. Siento una emoción muy bonita, algo así como un sentimiento de pertenencia.


Sólo he ido una vez. Fue en un ya lejano 2019. Ahora, como un flash inesperado, casi por sorpresa, hace unos días, cuando me encontraba viendo unos contenidos de la Premier League, volví a sentir esa necesidad/deseo de "¿Y si vuelvo a hacer una escapada?". De repente me vi en Google Maps, trasladándome mentalmente a Old Street, rememorando rincones, vivencias, pensamientos, experiencias. Aquella luz especial, aquellos establecimientos, la rutina que vivimos aquellos días.


Me he visto inmerso en un cosquilleo que, por qué no, podría traducirse en un viaje para volver a sentirme con una sensación cercana a un hogar. Es algo especial, indescriptible.

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