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La mirada que da el tiempo

Escribo desde casa, desde mi casa, desde la casa en la que crecí y en la que viví algunas de las experiencias más desagradables de mi vida. No digo esto como algo malo, ni para destacarlo en exceso, sino para contextualizar que no escribo desde donde habitualmente lo hago.


Digo todo esto porque ya no es mi casa en sí. El haberme mudado fuera, a cientos de kilómetros, provoca una desorientación absoluta cuando vuelvo y me encuentro ante una casa que conozco pero, al mismo tiempo, empiezo a no entender muchas cosas que veo.


Es la mirada que da el tiempo. El no vivir aquí instala una sensación en mi cabeza de que la vida sigue donde estoy, y como que se para en el resto. Vivir en Madrid me hace olvidar que aquí la vida sigue, que todo evoluciona, que todo cambia. Es la mirada que da el tiempo, como digo, cuando vuelves y sientes que todo ha cambiado. O al menos muchas cosas. Detalles absurdos, simples, que no valoran los que están aquí pero que yo, que vengo de fuera, que no vivo en primera persona, me doy cuenta.

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