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El hombre ‘tik-toker’ del metro

Viajaba a casa desde el trabajo el pasado viernes. Uno de los trayectos en metro más felices de la semana, supongo. Supongo, porque los trayectos en metro tienen poco de bonitos, atractivos o cómodos. El ruido, el poco espacio, gente que no te gusta, las prisas colectivas... Mil motivos más por los que me costaría mucho afirmar que el metro es, precisamente, un lugar para ser feliz.


Pero ocurrió, cogido con pinzas personales. Me encontraba de pie (muy pocas veces me siento en el metro), junto a la ventana, en el lado derecho según la dirección del trayecto. A un metro de mí más o menos había un señor, de unos 55-60 años (no sé cómo he llegado a esa conclusión), que se encontraba mirando todo el rato el móvil. El trayecto fue largo, porque mi actual empleo está fuera del epicentro de Madrid, de una media hora en el mejor de los casos sin perder ningún transbordo. Una media hora en la que el hombre no levantó la mirada prácticamente, enganchado, hipnotizado, aislado de lo que ocurría a su alrededor.


El problema no era ese. Eso no fue lo que más me dejó decepcionado.


Me genera rechazo esa imagen de la gente mirando la pantalla. Yo uso el móvil. Lo uso en el metro, pero escuchando podcasts. No me gusta sacarlo porque esa imagen de mirar la pantalla me genera algo parecido a preocupación y siempre que puedo lo evito por ética personal. Si algo no me gusta, intento no hacerlo.


Pero, insisto. Eso no fue lo que más me dejó decepcionado. Lo que me generó tristeza fue que el hombre estaba enganchado a TikTok. Media hora sin parar viendo TikTok. Media hora viendo vídeos de gatitos, bailes, perritos, retos absurdos. No exagero. De no haber sido así este post no existiría.


Me generó pena, me generó tristeza y me hizo plantearme en qué mierda se ha convertido todo. Si ya es duro alzar la mirada y ver a un 95% de las personas a tu alrededor en el metro mirando sus pantallas, aislados, darme cuenta de que están consumiendo muchas veces contenidos de mierda, fast content, contenidos fugaces, anestésicos.


Uff. No me gusta nada en lo que se ha convertido una parte de la sociedad. Yo trabajo para evitar meterme en esa rueda pinchada y oxidada. Intento tener pocas redes sociales instaladas en el móvil, intento no mirar el móvil por la calle o en el metro, pero sé que aún así habría mil detalles por pulir. El problema es que alrededor, cada vez más, hay gente que me transmite valores demasiado pobres y, por mucho que haga yo, todo está ahí presente.

 
 
 

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