Echo de menos el centro

Escribo desde mi lugar de desconexión. Adoro estar aquí. Adoro pasar aquí varias semanas cada año. Recargo pilas, desconecto, olvido y cambio de aires. Pero debo reconocer que, cuando vengo para un periodo de días más largo de lo habitual (más allá de un fin de semana) acabo echando de menos cosas. No es que esté mal, ni a disgusto, pero echo de menos ciertas rutinas, ciertos rincones. Y ya no por estos días de cambios de aires, que no de vacaciones en sí.

Antes de viajar ya llevaba varias semanas sin ir al centro. Debo confesar que dejarme caer por las calles del centro de Valencia me producen una sensación muy cercana a la plenitud total, a la satisfacción absoluta. Existe el centro, y también existe el centro histórico. Distingo entre ambos porque en uno sabes que estás en Valencia, por su tráfico, por su masificación ciudadana, sus ruidos y demás tópicos de una gran ciudad. Sin embargo, en el otro, más puro, más histórico, parece que por arte de magia te teletransportas a otro lugar. Sabes que estás en Valencia porque es real, pero de repente te ves inmerso en calles peatonales, estrechas, con balcones, con casas cuya altura mayor son dos pisos, donde no se escuchan grandes aglomeraciones de tráfico. Y estás en el centro, reitero, de la ciudad.

Llevaba varias semanas sin ir al centro y ya tenía ganas. Pero ahora aquí, a una hora aproximadamente, cada vez pienso más en ir, pienso en dejarme caer por esas calles que me permiten desconectar y dedicar tiempo a mí mismo. No todo es relax y calma. Cerca del centro histórico tengo paradas casi obligatorias, casi a modo de rutina, donde tomo café, donde encuentro tranquilidad en cafeterías con librerías, donde compro libros independientes, alternativos, donde compro revistas de fútbol, donde visito museos con librerías en las que encuentro libros únicos y enamoradizos. Unas calles donde, normalmente por las horas, acabo haciendo fotos mágicas gracias al atardecer único que ofrece el Mediterráneo, a contraluz. Una luz especial, casi única, que maquilla un entorno fantástico.

Echo de menos esas escapadas cuyo precio no va más allá del precio de un billete de metro y un café en mi Starbucks de cabecera. En ocasiones algo más si acabo comprando algún ejemplar de revista o libros. Los pequeños placeres de la vida, que dicen, pero totalmente necesarios.

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