El viaje que llevaba varios años esperando
Es una sensación que entremezcla nervios y ganas con el agobio de tener que ir cargado con una maleta durante horas y tener que estar pendiente de que todo salga y llegue bien.
No sé si llamarlo nostalgia, o simplemente dejarlo estar porque es algo totalmente normal, pero siempre siento algo muy especial cuando consigo escaparme unos días y volver a casa.
Y vuelvo de la forma que quiero volver. Suelo hacer un par de escapadas al año, pero, lo confieso, no suelen ser lo mismo. Voy acompañado y, con todo el respeto y amor del mundo, no es lo mismo. Cuando voy solo, soy el Esteban que se siente libre, que vuelve a ser la persona que dejó de ser hacer unos años, el que revive recuerdos, el que puede perder media hora mirando la estantería.
Y esta vez es así. Pienso en los momentos simples y sencillos que voy a vivir, y siento calor en el corazón. Pienso en los planes que voy a hacer, y algo muy grande se activa dentro. Pienso en la gente que puedo ver, y siento que todo estará bien.
Ir solo me permite ser libre, insisto. Y no porque ir acompañado me haga sentir peor, ni que me ponga un arma en la sien, pero es diferente. Supongo, y es importante, que ir pocos días (comparado con lo que quisiera) hace que cada vuelta a casa sea planificado casi al milímetro, y es ahí donde hablo de libertad.
Durante este viaje, habrá tardes de leer, en pijama, acompañado de familiares, de salir en chándal a comprar, de salir de forma improvisada a hacer cosas. Esa es la paz que quiero, y necesito. Lo necesito.
Estoy nervioso, ilusionado y con muchísimas ganas. Es la primera vez desde 2024 que vuelvo así, conmigo mismo, teniendo mi espacio real, volviendo a esas versiones que dejamos cuando nos marchamos. Y quería compartirlo.

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