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Y tú, ¿eres feliz?

Gente tóxica, que opinan de todo, a todas horas, tendiendo al mensaje negativo, buscando menospreciar, desahogarse. Una corriente de agua abundante, un caudal considerable de opiniones, menciones, comentarios que normalmente no interesante, que nadie pide, pero que existe, que está ahí, al otro lado.

Estás en tu habitación, solo, pero al otro lado hay gente, pasando de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. El pequeño haz de luz que pasa por debajo de la puerta te avisa que, pese a que estás ahí, casi a escondidas, debes tener cuidado porque si sales, si atraviesas esa puerta, tu peinado pasará a ser comentado, tu bigote será de una forma u otra, tus ojeras denotarán cansancio y tú, en conjunto, pasarás a ser juzgado. Antes no, porque no habrás hecho nada, no habrás abierto la boca, no habrás opinado y no te habrás expuesto. Te duele, porque quieres hacerlo, pero no es tu día y no quieres exponerte ante esa corriente.

Si comes mal, no eres sano. Si te has rapado la cabeza en invierno, te vas a congelar. Si llevas gorra hacia atrás con 50 años serás una persona atrapada en su pasado. Si haces un comentario negativo sobre algo, pasarás a odiarlo sin el filtro de las medias tintas. Siempre habrá alguien dispuesto a ofrecerte su postura, su opinión, su punto de vista. No lo habrás pedido, pero ellos amablemente te lo expondrán, como si de verdad te importara, cuando en un 90% de las veces esto no ocurre.

Una suculenta hamburguesa que seguramente será juzgada (h-0rus/Tumblr.com)

Si compras mucha ropa, si llevas el último dispositivo de Apple, si vas a Starbucks y no a tu cafetería de barrio, eres consumista. Si comes hamburguesas, pizza, bebes Coca-Cola, no tienes una vida saludable. Si te gusta el fútbol y no vas al teatro, seguramente seas un paleto. Si te cortas el pelo como el resto, no tienes personalidad. Si no has visto la última película del coreano Peter Chung y sí la nueva de los Minions te habrás dejado atrapar por la sociedad.

Gente que ofrecen su servicio de opinión popular 24 horas al día, 7 días a la semana, sin pararse a pensar en ellos, sin pararse a vivir eso que dicen del ‘Carpe Diem’. Yo tengo una pregunta para ellos, ¿son felices? Debe ser difícil ser feliz, o estar satisfecho con uno mismo, estando tan pendiente del resto, analizando todo movimiento ajeno (desde dietas a estética) y queriendo imponer su realidad al resto. Una realidad propia que seguramente no sea la de su entorno, y por ello esa implicación y dedicación por intentar pregonarlo, pero con el método equivocado, queriendo imponer, criticando.

Una persona feliz que quiere pregonarlo acabará frustrada si esa sensación se activa en un callejón solitario, y no en una gran plaza o en una reunión de amigos. Un mail con una gran noticia será un mal trago si llega de madrugada, cuando todos duermen, y no a las cinco de la tarde, cuando todos están vigentes, disponibles.

La necesidad del expresar, del imponer, en esas personas que quieren pregonar lo correcto, su visión de lo perfecto, que no la perfección real y universal, puesto que no existe. Una felicidad que no es tal porque no la disfrutan, porque siempre tenderán al entorno y no a interiorizarlo.

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