Valencia: cuando hay que ver más allá



Es cierto que el Valencia no vive en el mejor momento de forma. Pertenezco a una generación que vivió el histórico doblete de 2004, que sufrió (todavía con la cicatriz caliente) las derrotas en finales europeas ante Real Madrid y Bayern de Múnich, que vivió títulos como los de 1999 en Sevilla ante el Atlético, que creció con ídolos como Claudio López, Gaizka Mendieta, Pablo Aimar o David Villa.

Haber vivido eso y compararlo con la actualidad es, evidentemente, complicado de asimilar porque siempre tenderemos a añorar aquello que nos hizo felices y que por arte de magia se esfumó.

Pero nos pasa en la vida, en general. ¿Quién no echa de menos amigos de la infancia? ¿Quién no recuerda con añoranza tardes de Game Boy jugando a Pokémon sin ninguna otra gran preocupación en la cabeza? Incluso de más adultos. ¿Quién no echa de menos a un ser querido que falleció sin poder haberlo evitado?

El fútbol, como la vida (a veces creo que van de la mano), tiene el poder de crear recuerdos imborrables con los que creces y debes asimilar como eso, recuerdos, épocas pasadas, momentos que evolucionaron hacia otros escenarios que muchas veces no nos gustan.

El Valencia vive un momento delicado. Es una realidad incontestable que, guste o no, es la que toca vivir. Evidentemente, se podrá estar disgustado, enfadado o (perdonadme) encabronado. Motivos hay de sobra. Es una obviedad. Pero tampoco creo que sea saludable quedarse enfrascado en eso. Tampoco creo que sea necesario repetir una y otra vez lo mal que va todo, lo en contra que se está de la institución actual.


Sé que la bipolaridad inunda todo. Sé que incluso este artículo que sólo pretende concienciar de que no todo es malo será tomado por algunos como una defensa a los actuales gestores. Como entenderéis, no puedo controlar eso.


Sólo quiero expresar que hay vida más allá de la crítica, del incendio, de lo aparentemente negativo. Podemos seguir pensando que el Valencia vive un momento delicadísimo. Podemos seguir opinando contra la directiva. Podemos seguir hablando de lo que le cuesta marcar al equipo. Incluso podemos ya cuestionar ciertas decisiones de Bordalás. Por supuesto. Pero ¿y si nos limitásemos al día a día, al partido a partido?


Parece fácil, parece sencillo, pero es innato y natural ese sentimiento, aunque muchos lo quieran negar. He leído y escuchado muchas críticas por celebrar empates en casa o enamorarse de goles en el descuento, pero ¿qué ocurrió en ese justo y preciso momento?


Ese es el sentiment. Las cosas irán mal o peor. El rendimiento del equipo estará lejos de ser perfecto, enamoradizo o excelso, pero será el mismo sentimiento el que dará sentido a todo.


Claro. Claro que hay que celebrar un empate en el descuento. Claro que hay que celebrar tres ocasiones seguidas que te hacen levantar del asiento. Claro que hay que olvidar el contexto. Las cosas irán mal, preocupantemente delicadas, pero cuando llega el día de partido todo cobra un sentido diferente porque juega tu equipo y eso, quieran o no, nunca cambiará.


Eso es lo importante. Eso es lo que nunca morirá. Podemos caer en el error de crear guerras internas, de querer bipolarizar todo, de convertir en buenos a unos y en malos a otros. Libertad absoluta, pero por mucho que quieran silenciar, corregir o repartir licencias, un gol en el descuento seguirá siendo un gol en el descuento, porque eso es lo maravilloso de todo esto. Y eso es lo más bonito de todo esto.

Hay que ver más allá. Claro que el incendio preocupa y el humo nubla la vista, pero que nadie te prive de disfrutar de buenos minutos durante un partido, de un pase maravilloso de larga distancia, de una parada meritoria, de un gol para empatar en el descuento. No eres un bicho raro por mucho que quieran imponerte. El fútbol, quieran o no, se trata de eso. Es tu historia personal y eso, por ahora, nadie puede quitártelo. Vívelo. Disfrútalo. Al menos durante esos noventa minutos de desconexión vital.

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