¿No sería maravilloso mudarme a Donosti?

Sin duda. Totalmente. Donosti es una ciudad que me enamoró casi desde que bajé de aquel tren después de casi 5 horas de viaje. Pasé cerca de una semana y me enamoré. Me atrapó de tal forma que fui incapaz de resistirme. De hecho, creo que ya viajé condicionado a dejarme seducir, a dejarme llevar.


Elegancia, gastronomía excelente, tranquilidad y un carácter histórico que la convierten en una ciudad única. Aquellas conversaciones por el Paseo de Francia. Aquella desconexión mental frente al mar. Aquella despreocupación por anda bajo la lluvia, sin más. Aquellas degustaciones culinarias. Aquellas tardes de cine. Aquellos descubrimientos. Aquel kiosko de revistas que ni en mi querida València había encontrado.


Fue imposible no enamorarme de Donosti. Y fue este sábado, durante el documental de más de 3 horas sobre la carrera filmográfica de Woody Allen que tenía guardado, cuando recordé la admiración del cineasta neoyorkino por la ciudad vasca. Fue ahí cuando tuve el primer flash de recuerdo. "Oh, Donosti...", pensé. Pero me vine arriba cuando acabé mirando precios de alquiler en esa hipotética, platónica y casi surrealista situación en la que me pudiera mudar allí.


Como se trataba de soñar despiertos, sin presiones, sin miedos, sin casi pensar, no miré ni precios, ni el terror de una mudanza. Nada. Me dejé llevar. Sí, contesto a la pregunta del título de este post. Fue maravilloso.

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