Hablemos del underdog

La motivación es la base de cualquier éxito o consecución. Al menos, una motivación especial, real, pura. Pueden obtenerse resultados y objetivos de muchísimas formas, pero algunas marcarán el valor real de la meta. Un piloto podrá ganar una carrera por una diferencia de una milésima de segundo o barriendo del mapa a sus rivales. Un estudiante podrá presentar su trabajo más importante del curso una semana antes del plazo establecido o sobre la bocina. Pero los primeros quizás hayan saboreado las mieles de la motivación, y no del desinterés.

La motivación es clave para alcanzar el objetivo, o la cima. Desde aquí parte el fenómeno ‘underdog’, término usado para describir las posibilidades de lograr el éxito y de mantenerse a posteriori. Según esta afirmación, es más fácil llegar a la cima que mantenerse sobre ella. La motivación de ver las mejores vistas del planeta desde allí arriba hará que el montañero pelee, luche, a diario por conseguirlo. Pero una vez allí arriba, lo maravilloso de sus vistas durará minutos, seguramente horas, pero a medio plazo esa ilusión se convertirá en rutina, y nada será igual. Será ahí cuando comience de verdad el reto de la motivación, de querer seguir ahí, de mantener los resultados.

He visto numerosos casos en mi vida de gente que pelea y emprende con un hecho concreto. Una actividad, un proyecto o una relación. Al principio todo es novedad, ilusión, y todo fluirá a un ritmo que, probablemente, tiempo después decaiga, porque ya no existirá ninguna de esas sensaciones iniciales. La actividad ya se habrá convertido en rutina, el proyecto habrá presentado problemas y el camino ya no será tan liso, y la relación aportará menos momentos por descubrir. Será entonces cuando toque forzar la máquina, rascar, para seguir motivándose, para seguir latiendo, para mantener el ritmo y no decaer, ya que de ser así todo estará destinado a un precipicio, a una erosión, al peor de los maquillajes.

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